Leche rancia.

Despacio se desprende la gasa que retiene la supuración. El paño se ha llevado un trozo de su pezón; la sangre fétida es pálida como una lágrima que cae sin fuerza.
La leche agria resbala en coágulos por la boquita reseca del niño con la piel de cartón. Ella agita su mandíbula rígida y cree que puede succionar. El pequeño no responde.
Trozos de placenta son amasados con los dedos de los pies para darle un poco de calma. Ella espera que en un intento de tantos el crío deje de enfriarse entre sus brazos y sus pechos vuelvan a reiniciar el mecanismo.
Nadie le cura las heridas y no quiere preocuparse por lavarlas. Sus piernas hieden a líquido amniótico, orina y mierda. Hace días que parió al pequeño y sus gritos deambulan solo en su mente. Un parto inconcluso para ella, no lo ha escuchado llorar…
Hay madres que pueden parir vida y luego la escupen. Ella le escupe a la vida por parir un trozo de muerte con forma de niño. Y se lamenta gruñendo como una hembra lastimada. Maltrata un útero inservible y maldice a Dios por la piel de hoja resquebrajada de un hijo que se desintegra por segundos.
Prestaría su vientre al diablo para regresarle el aliento al niño y el instinto de succión comenzara a funcionar.
Pero nada de eso es cierto. Ni el bien existe ni el mal le haría un favor piadoso. Tampoco a la ciudad le interesa un ritmo pulmonar perdido, a pesar de que ella extirparía, si pudiera, el oxígeno de todos los pulmones posibles para regalarle al pequeño una brizna de aliento.
Su mirada se pierde en algún punto imaginando el escondite de la pequeña alma.
-¿Por qué no vienes a mí?...
Sus pasos van a buscar en el agujero del muro una esperanza falsa, como si su niño jugara al escondite. Se levanta de la silla donde acuna el frío y rígido sueño y de su puño sujeta el cordón umbilical que aún no ha cortado el abdomen del bebé.
Tal vez esté ahí metido, piensa. Entre arañas y hormigas de yeso.
Ella deambula con el cuerpo del pequeño arrastrándolo por la casa. Cortó el cordón ella misma, pero no lo soltará mientras pueda. Lo busca entre juntas y grietas mientras llega la hora de regresar a la silla e intentar de nuevo su rancia lactancia.
Aragggón
Eternidad

Con cinco minutos me bastan para no creer que he perdido la eternidad que se juró. Trescientos segundos que le robo a un bostezo con un par de pensamientos ligeros, pasan rápidos aunque yo los mire a cuentagotas deseando que no terminen nunca.
La eternidad encerrada en un reloj con cinco minutos de arena que se deshace al caer me impide darle vuelta de nuevo. Arena que se disuelve en el viaje de su caída con trampa. Debería estar acostumbrada, las opciones no venían incluidas en el paquete de mi existencia.
Se hubieran ahorrado lloriqueos si tan solo el chip de entendimiento por una eternidad no estuviera desbloqueado. O lo olvidaron o lo hicieron con mala intención… Con muy mala intención.
He pensado mucho sobre de qué manera gastarme la falsedad de eternidad. Esta que me han regalado y que compraron en fayuca sin garantía. Pensaba eternizar la alegría de mi niñez en soledad mientras los ancianos imaginarios me cuidaban en el jardín trasero del hogar en ruinas. Tal vez, ocuparía esas mediocres centenas de segundos para un inmenso orgasmo espasmódico; lo sentí banal.
Con el reloj en la mano y la rabia de una ausencia, la multitud de recuerdos se reproducen a una velocidad de miedo. Una estación de autobús, una carta, semen derramado, el llanto en los ojos de un niño, los pétalos secos, unas gafas, el bostezo, mi clítoris, un espejo, dios, un nombre…
Y el carrete se detiene cuando escupo sangre para vomitar el amargo trago de bilis. Tengo la vesícula reventada y la piel comienza a notarse infecta…Como toda yo, como siempre, no hay nada raro.
La vida me ha dado sabores más repugnantes que los que hoy llevo en la garganta y el nudo es mucho más pequeño que el que he tenido que tragar por años.
Cuando pensaba en morir deseaba que fuera bajo una causa extraña; no por esto tan simple y sin emoción. No acabaré de ninguna manera fuera de lo común a como he vivido. Siempre envuelta en mierda, sangre y amargura. ¿Qué diferente tiene pasar al otro lado de la nada bajo el mismo panorama?
Cuando me regalaron la falsa eternidad, me ilusioné como una cría al principio. Mientras vas observando los detalles y lo mal que la han fabricado me di cuenta que era la misma mierda de siempre: espejismos.
Tengo el reloj a punto de poner a correr.
Creo que es buen tiempo. Un poco de calma ante tanto engaño no cae mal.
Lo siento, mi amor. Pensé que te podría alcanzar en la eternidad, pero me engañaron hasta el final. Me dieron muerte seca y sin esperanza: momentos de vida en cinco minutos que se hacen nada, sin opción.
Los granos comienzan a caer y sé que cuando caiga el último este dolor que me dobla desaparecerá por completo, la infección se apoderará bestialmente de todo tejido muerto y las larvas comerán hasta el último pliegue de mi coño, sí, ese que solías bañar con tu lengua.
¿Te das cuenta en qué invertí mis últimos segundos?
Lástima que no sea un cuadro romántico de Julieta muriendo envenenada, tampoco seré la obra interpretada en los teatros, porque soy burda hasta en mi muerte. Vestida entre vómitos y una masturbación que enuncia tu glande.
Mi boca chorrea un verde líquido espeso y sé que doy vergüenza.
Caen tan rápidas las arenas que el único alivio lo agradecerá mi sistema nervioso al dejar de sentir dolor.
Me dieron muerte a cambio de eternidad. Otra vez invadida en el engaño. Y yo que daba brinquitos infantiles al saber que te encontraría en un mejor lugar que ni dios pudo crear. Siempre fui ingenua.
Esa es la asquerosa realidad.
No te veré jamás.
Aragggón
Vieja sangre.

No me veas con esos ojos.
Déjame sentarme un poco en la silla. Los temblores al fin sacudieron la casa por lo que veo. Era linda con el comedor completo en tono chocolate. ¿Me regalas agua? Sabes que no bebo café, aún me dan esas convulsiones raras por las madrugadas. Sí, trozos de pasados que me acompañan pegados como parásitos envejeciendo y renaciendo conmigo.
No, no sé nada de ellos. Tu sabes, crecen se hacen adultos y uno ya no tiene nada que hacer más que regalar un gesto amable cuando te lo piden.
¿Y el tuyo? Aún lo extrañas tanto como esos lunes por la tarde que el silencio se hacía pesado y doloroso entre tus ojos. Es igual a ti. Solitarios y fuertes…
Con hielos, si…
¡Cómo me duelen las piernas! Cada vez se hace más pesado, pierdo habilidad y aunque repita el diálogo y lo sepa de memoria cuando vuelve a suceder pareciera que algo nuevo va a surgir, pero no es así. Tu sabes que no.
¿Aún acostumbras el ibuprofeno? Solo necesito uno para calmar el ardor en el cuello. Mi cuello…
Pocos hielos, mejor, ya sabes que me duele el tabique. Es raro que pasen los años y nunca cierra la cicatriz.
¿Sabes? El tiempo siempre va en nuestra contra. Nací demasiado tarde para ti, aún así te encontré. Tiempo y distancia parecían los filos de una tijera cada vez más cerca de nosotros; a pesar de eso soportamos el dolor de cualquier negra circunstancia. Hoy el tiempo me carcome las fuerzas y me vuelve más insegura de poder resistir el camino que me trae a ti. Es como si el tiempo se disfrazara de fatiga que me ablanda los huesos para llegar de nuevo.
Fue un mayo de hace varios cientos de años que te pregunté si lo volverías a hacer ¿recuerdas? Me has preguntado varias veces cómo es que lo hice. Fue sencillo. Esa tarde juré regresar cuantas veces fuera necesaria para encontrarte repetidamente.
No pensé en tu cansancio. Solo imaginé las glorias de tu imagen refrendada en la estación de autobús en el viejo noviembre.
Perdóname por la arbitrariedad de mi decisión. Fue condena o no, no lo sé. Pero la dicha de rodear tu perfil con mis dedos me envició tanto que arrastré tu alma conmigo en eso que los antiguos llamaban karma.
“No te canses” repites siempre. Y tu voz se aglutina en mis tímpanos mientras soporto el filo nocturno y asqueroso en mi vientre con la dicha de que momentos más tardes estaré mezclando mis labios con los tuyos.
Repetiré la sangre sucia y el dolor de un vientre vacio porque opté por repasar las cicatrices y abrirlas cuantas veces fueran necesarias solo por la dicha de vivir de nuevo el respiro de tus días.
Y volveré siempre con la infantil súplica de que me quieras más, porque por más que he repasado los momentos contigo tus besos me saben a poco.
Perdóname, mi dios. Te he condenado. Somos almas sin descanso viviendo en una no realidad alejada de la vida; esa que una vez tuvimos en los ojos.
Pero hoy no puede ser peor que esos tiempos. El hambre y la sed son las mismas, solo los colores han empalidecido y los fantasmas de quienes estuvieron en nuestra contra siguen apareciendo. Se condenaron con nosotros y no pudimos exorcizarlos. Ojalá hubiéramos podido aislarnos en un planeta abandonado, cerca del no nato para cuidarlo más de cerca. Sí…Todavía lo lloro.
Ya va siendo hora, mi amor. Me gustaría preguntarte si lo quisieras hacer de nuevo, pero la celotipia encarnada entre las uñas se apodera de mí y me obliga a hacerlo y no puedo darte opción. Sé de tu cansancio y del deseo de cerrar eternamente los ojos, pero no soy buena, mi cielo, nunca lo fui.
Ven abrázame y déjate caer sobre el filo de la navaja, mi fatiga hace que el corte sea más doloroso. Deja que tu peso selle por esta vez tu muerte, lo demás es cosa mía. Sabes que beberé del piso todas tus gotas para bañarme en ti y luego continuar con lo me que toca.
Quizás en un giro de circunstancias la próxima vez podamos salir de aquí. No te angusties que no suelto tu mano. ¿Ves cómo es fácil acostumbrarse al dolor? Abrázame y ayúdame a que el corte se dirija a mi cuerpo también para que seamos parte del mismo desgarre. Dibujemos la cicatriz del dolor más puro haciendo del corte un tejido que nos une.
No me mires con esos ojos.
Pudiera ser que esta vez le ganemos al tiempo, al lugar y no tengamos que pasar tantos años de una podrida soledad separados.
Estuve tan segura de decirte que lo volvería a hacer…
Aragggón
Valentina

Ya no te escucho Valentina. Estás perdida en medio del espejo, prisionera de mis caprichos.
Ya no te miro Valentina, ni muevo mis labios como antes, cuando hablábamos musitando frases que nadie escuchaba.
Aún sigues ahí porque trazas con tu dedo las figuras si lleno de vaho tu mundo.
Escribe Valentina, rompamos el mercurio de tu silencio como aquella vez que me enseñaste a romper los míos de costras.
No te pierdas Valentina que aún te grito en sueños, en tardes solitarias de uvas y duraznos.
Ya no podemos regresar, el abuelo ha muerto. Quédate conmigo como la tarde que decidiste acompañarme en mis silencios para secar lágrimas, curar rasguños, levantarme el gesto y besarme la nariz.
Valentina… siempre más valiente que yo.
Aragggón
Soliloquio

Aprende a entender lo que digo.
No te tenses mientras me acerco a tu oído. Deja que la sangre fluya lenta y no se concentre demasiado en los puños atados. Los tobillos sangran si intentas forzarlos a la libertad.
Relaja los muslos mientras erizo tus vellos con la punta de mis dedos.
El comienzo nunca es brusco.
Se consciente de que tus manos no alcanzan el lazo que cubre tus ojos y lo he atado tan bien que tirarías de tus cabellos si te zangoloteas de un lado a otro.
Tu cuerpo hambriento es una castañuela vibrando sonatas negras. Mientras yo babeo y mojo a escupitajos trozos de tu piel, tu saliva es ahora escama de una sed disecada por soles escondidos que no has podido ver.
He metido el cañón de una pluma en tu meato, tu pijo es tintero que moja mis ganas para escribir frases acartonadas en un tono rosado de semen y sangre.
Y me acaricio…
La erección forzada que te provoco me permite montarme para darme la suavidad de una caricia directa a mi clítoris. Suavidad que has olvidado.
Pero entiende lo que hablo.
Escucha y deja de temblar.
Si pudieras ver cómo me muevo sobre las banderas de la pluma. ¿Sientes el contoneo verdad? No digas que no porque en algún resquicio de tu memoria guardarás la imagen de mi cuerpo agitándose con el tuyo mientras lo dirigías con tus manos en mis pechos.
¡Ah de tu pelvis sacudiéndome sin gravedad, de tus piernas impulsándome para reventarme en tu pene rígido!
Y hoy no hay nada de esos resbaladizos días. ¿En qué orgasmo se perdió tu goce?
Llevo una navaja entre la lengua y los dientes. Tengo ganas de volver a probar tu piel. Olvidaste la reacción de mi beso húmedo jugueteando con cualquier trozo de tu cuerpo. Sorbo tus pezones con lamidas de acero. El filo hace cortes delgados como la invisible raya de tu memoria y mi recuerdo; de tu mente y mi existencia; frialdad y dolor inevitable.
No importa que te muevas. Sé que duele el placer. El suelo recibe trozos de tus aureolas con milímetros de mi lengua. Así es el amor: un rompecabezas incompleto de piezas de carne y dolor sin remedio.
Si, mi vida. Grita lo que en silencio no pudiste decir. Has de mis palabras una purga de lo insatisfecho, del olvido o de lo inevitable.
Me he tragado tu lengua hace días, aún no encuentro las palabras que escondiste para mí. ¿Será que lo llevas en la sangre?
Es curioso, hoy recuerdo tus dedos envinados que emborrachaban mi vagina y entre risas dislocadas servías el tequila que bebías directo de mi coño. Ojalá estuvieras ebrio y olvidaras el dolor que te causo porque yo ya no siento nada… ni tu piel, ni tu aire, ni tu voz.
Si realmente estuvieras conmigo…
Aragggón
Teofilia
Video del texto "Teofilia" con fotografía de Iconoclasta.
No apto para creyentes.
Es blasfemia pura.
Aniversario (16 enero 2012)

Hay un territorio donde mis ojos al doblarse crecen dibujando un mapa de recorridos epiteliales sin descanso. Una isla que se prepara para invadirme cada vez que respiro. Una tribu de deseos desatados que hacen de mi cuerpo una esclava, un continuo alimento.
Hay un volcán con erupciones de semen naciendo noche a noche entre mi carne. Un aire dorando mi piel que no se conforma con tibiezas. Es fuego puro, ardor que me consume...me deglute.
Hay un mar donde nadan las caricias en forma de peces resbaladizos trepando en mi espalda y en descuidos mutan en pirañas seductoras robándome trozos de piel. Una lengua sanguijuela colocada en mi carótida, regalándome derrames vaginales coronando la conquista.
Hay un infierno y un paraíso que no me interesan. Los hemos dejado fuera tatuándolo en las carnes de nuestra casa.
Hay tanto en ti y tu mundo.
Hay panecillos y miel en la mano que me contorsiona. Han girado las manecillas del ritmo y yo solo he conseguido trepar a la muñeca. El deseo es una conserva guardada en frascos al vacío. Llenaré la alacena uno a uno. Despensas de orgasmos palpitando a punto de cocinar.
Hay un aire que irrita mi piel y enrolla los gestos, empalidece los cabellos y gasta mi aliento. Inevitable.
El ritmo no para, pararemos un día en medio de nubes de nicotina y lágrimas inservibles. Los vicios hemos de pagar.
Hay una sonrisa pendiente de regalo, un hijo imposible al fondo de mi trompa derecha, un llanto que aún no pierde la vergüenza, un malentendido zigzagueando entre dientes, un par de celos haciendo nudos en los cabellos, una colección de sarcasmos necesitados de explicación.
Hay tanto en ti y en tu mundo.
Y yo tan simple, tan brutalmente alucinada con tu sudor y necesitada sin descanso diario del sencillo roce de tu mano.
Aragggón
Princesa

Vine a verte princesa, con el miedo bien guardado. A veces soy valiente ¿sabes?, a veces necesito serlo.
Quiero que me mires a los ojos y que ese choque de contrastes no nos haga turbarnos. Tu mirada líquida y clara frente las tinieblas y el vacío; en realidad no es nada, es como mirar a la oscuridad con pesadillas de niños, pero a medida que te acostumbras sabes que nada puede pasar ahí dentro.
Eso soy, princesa; oscuridad, vacío, nada. Soy el opuesto a la luz, al color a la totalidad. Y por eso he venido. No a pedirte perdón, no a devolverte lo que te quité porque ninguna de esas cosas puedo hacer.
Vi tu rabia, princesa, la sentí, escuché tus lágrimas y las vi quebrarse en el suelo...y tú con ellas. Llegaste a dolerme y musité en la distancia un "ya no más" que calmara tu angustia.
Soy mala, princesa. Mala viviendo, mala muriendo, mala agonizando; pero donde soy más mala es amando. Doy la vida a cambio del amor.
Soy una mentira sucia que amarra con tentáculos de pasión a un corazón hambriento, lo aleja de su mundo, lo confunde, lo extirpa y lo vuelve mío. Así de posesiva soy.
Te envidio, princesa. Por ser sana y completa, por valiente y paciente. Por haberlo amado tanto sin error ni fallos.
¿Sabes que tu vientre es un manto preciado al que besaría sin duda? Que sagrada es tu dicha por llevar por días y meses parte de él en tu torrente, saber que en tu sangre circuló sangre de él...Si pudiera regresar el tiempo y ver tu vientre preñado, me arrodillaría tomándolo en mis manos para acercar mi oído al latir del crío.
Yo no, princesa. La fertilidad se ha añejado antes de tiempo, es una ciruela pasa la que cruje por debajo de mi pubis. Tu suerte es el sueño que llora por las noches en una cuna vacía que nunca llenaré. Puedes sentirte vencedora en eso. Te has llevado el galardón más importante.
Veo tus labios y los imagino estrujándolos con los de él. Sé que es algo que no podrás olvidar nunca. Yo no puedo. Te entregaste plena y sin reparos, sin malos pasados, sin historias turbias. Y sé que fueron tiras de piel las que al final colgaban de tu boca persiguiendo un consuelo de un beso de él.
He aprendido a recibir insultos, bofetadas, escupitajos. No te detengas si lo deseas, princesa. Pero escúchame antes y déjame terminar.
No pude, princesa y lo lamento. No pude evitarlo.
Estaba tan llena de vacios que solo pude repartirte ausencias, fuiste la consecuencia de un deseo brutal y sin medidas.
Soy la peste que arrancó tu tranquilidad y erosionó tus tierras.
Pero tú, princesa que fuiste siempre sana y completa; quédate tranquila, reposa, que soy yo la que se pudre por no poder regresarte lo que te robé, porque, aunque quisiera, princesa, solo tú y yo sabemos lo que es amarlo. Amarlo es un acto seguido a enterrar las uñas y aferrarlas a su piel, sería más fácil desmembrarse que dejarlo ir.
Te entiendo, sé de tu dolor, porque un instante sin él es una caída pavorosa hacia la muerte.
Eres valiente y eso te dignifica, me muestra tu tamaño inmenso e inalcanzable.
Yo no podría. Soy débil y él es mi fortaleza, mi necesidad.
Que tu mirada ya no se agobie, mujer. Que tu rabia sea la muestra de tu vida.
No puedo devolverte lo que te arranqué porque más que una fantasía y metáfora la vida misma se me iría si un día no lo tengo.
Sonríe, princesa.
Solo vine a confesarte que eres más fuerte que yo.
Aragggón
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